por todas las cosas que no

lunes, 10 de marzo de 2008

Las dos entramos al salón con la típica falsa confianza que emanan las recién graduadas de secundaria el primer día de clases. Siempre, hasta el día de hoy, más de tres años después, nos hemos jactado de ser diferentes a las demás chicas de mentes y faldas ligeras, pero hay que reconocer que los primeros días, por más seudointelectual que seas, lo único que haces es chequear a cuanto hombre se te cruce. Claro está que nunca lo reconocimos, no. Éramos demasiado maduras, a la avanzada edad de 16 años, para estar con tonterías de adolescentes; por dios! estábamos en universidad, las prioridades ya eran otras. El speech de la madurez duró masomenos los 10 primeros minutos de la primera clase hasta que nos dimos cuenta que al otro extremo del salón había un chico al que, en realidad, le crecía barba y era más alto que yo. Aclaro esto porque cuando el resto de los hombres de tu promoción pesa 50 kilos, tiene raya al costado y montan skate, la presencia de alguien al que se puede llamar hombre es importante. No hablaba mucho, no nos miraba, llegaba tarde, no se peinaba y probablemente no se bañaba todos los días y eso me encantaba. Ahora, si me preguntan cuál es el tipo de chicos que me gustan, optaría por decir que no tengo un tipo en particular, pero si tuviera que elegir, él sería mi tipo: alto, pálido, cabellos negros y desordenados, ojos oscuros, cejas pobladas, espalda ancha, cintura angosta, manos toscas, bara ligera, mirada profunda y un tanto perdida. Es verdad que en una clase se conoce un poco de todos, pero también es verdad que la memorioa filtra todo aquello que considera importante. Un par de semanas después, casi sin darnos cuenta sabíamos que había estudiado en uno de esos colegios con orientación artística, que pintaba, que era algo mayor que nosotras, que antes estudiaba arquietectura y que fumaba. Claro está que nada pasó de ser un gusto de primer ciclo. Gusto que como en broma vino y se fue si avisar. Gusto que ahora se me vino a la mente, solo como un recuerdo, cuando me di cuenta que ahora es él el que me pretende. Él el que me abraza, el que nos encuentra parecidos, el que me invita a salir, el que bromea con la boda y los hijos que vamos a tener juntos. Pretención que no le es correspondida porque ahora que es un amigo más ha perdido todo el misterio con el que, en algún momento, me obsesioné. Descubrí que me gustaba no tanto por las cosas que era, sino por todas las cosas que no. Sin embargo, ahora que el misterio ha sido develado, él se ha convertido en demasiadas cosas. Ahora es accesible. Ahora lo puedo tener. Otra vez la maldita tendencia a idealizar a cuanto me rodea. Otra vez volver a la ya aburrida rutina de inventar excusas poco creíbles para escapar de citas. Es verdad, puede que tenga un problema. Puede que sea emocianalmente inestable, con miedo al compromiso, que sufra de soledad crónica o que pida demasiado. También puede ser que él no sea nada más que un chico con mente y falda ligeras. De cualquier manera, uno más a la lista, la lista de los que puedo tener y que, por eso, no quiero.

3 comentarios:

*Luna* dijo...

la mala costumbre de idealizar
*mala mala ><*

Juan dijo...

"...uno más a la lista, la lista de los que puedo tener y que, por eso, no quiero."

Que extraño, no?
pero puedo entenderlo.

Raúl Domínguez dijo...

Me haces recordar mucho a una amiga de los primeros ciclos de la U, idealizando a un chico al maximo, ahora despues de muchos años, perdio esa forma de mirarlo como antes los hacia. Me enamore de ella mientras ella miraba a ese sueño que ahora se tornó terrenal.