dichosos los que comen sin haber visto

martes, 4 de marzo de 2008

Un insistente jalador nos convenció a sentarnos en su parte de la playa (si es que eso existe) y, luego de presentarse como "Mario", nombre que luego fue mutando a Marco, Mauro y cualquier otro que sonara parecido, ya nos estaba tomando la orden. Lo único que deseaba era una raspadilla. Hace mucho que no iba a la playa y me había propuesto a cumplir con todo el ritual que implica este tipo de paseos; sin embargo, mi antojo se esfumó cuando recordé cierto reportaje que vi en televisión sobre las raspadillas de hielo industrial. Es gracioso que 15 minutos de un programa de televisión con credibilidad no comprobada me derrumbara 20 años de tradición vereniega. Después de todo, si todos estos años estuve comiendo la popular raspadilla asesina y nunca me hizo nada, por qué debería dejarla ahora. El pensamiento de que el periodismo está sobrevalorado vino y se fue. He aquí otro excelente ejemplo de una situación a la que se puede aplicar mi improvisada pero elogiada frase: "Prefiero la ignorancia a la impotencia". La razón pudo más: hasta nunca raspadilla, te recordaré. Marco seguía esperando nuestro pedido, un poco impaciente ya. Era comprensible: no conocía al monstruo de cuatro cabezas que significabamos para los vendedores estando juntos. Un racionalizador, un indeciso, un indiferente y un snob compartiendo pedidos no es precisamente la mejor combinación. Primer pedido: una cerveza, rara elección para un grupo que se jacta de ser inmune a todo tipo de moda y clichés, incluídos los de verano. Demonios, a quién le importa, chela it is. Diez minutos después estábamos, chela en mano, luciendo nuestros no muy atractivos bronceados de primavera (entiéndase por esto a los populares brazos y piernas bicolor). A nadie parecía importarle. Ya había olvidado esa sensación de libertad que te da la playa: no importa cuán mal estés, nunca serás el peor de la playa (Dos viejos en tanga cruzan en segundo plano mientras yo, desenfocada, sigo hablando a la cámara). Hora de meterse al agua. Ninguno trajo sus tablas. según ellos por olvido, pero en el fondo era por una antigua joda, algo sobre el bodyboard, las niñas y los maricones que no recuerdo muy bien. Estuvimos casi media hora, hasta que nos dimos cuenta de lo ridiculos que lucíamos dando saltitos y escupiendo agua salada. Hacer el ridículo dió hambre (posible respuesta a la incognita del porqué algunos pólíticos son gordos). Mauro vino otra vez y, con la misma insistencia del principio, nos obligó a ordenar. Otra vez el racionalizador, el indeciso, el indiferente y el snob revisaron la carta y los ingredientes de cada plato por demasiado tiempo, demasiado para pedir ceviche y jalea con el sobreprecio característico de las playas que, hay que reconocerlo, hace que todo sepa mejor. Otro pensamiento: si el pescado viene del mar, no debiería ser más barato en la playa por no tener costo de transporte? No encontré respuesta; lo que sí encontré fue un pelo en el ceviche. Pensamiento: este es el castigo del dios de los maestros cevicheros por cuestionar mi fe, dichosos los que comen sin haber visto. Dispuestos a secarnos al sol cual perros mojados y llenos de arena nos echamos en las camas provistas por Marce. Escuchamos a lo lejos una guitarra y un cajón, sonido que fue acercándose y se detuvo cuando dos siluetas nos bloquearon el sol. Eran dos personajes de esos que solo encuentras en Lima, demasiado parecidos a esos dos seniles de Bob Esponja que solían ser héroes de televisión (ahora conciente de la naturaleza de mi referencia, lo siento). Luego de ignorarnos por completo cuando les dijimos que no fríamente, comenzaron con el repertorio. Nuestras miradas no se preocuparon en ocultar la incomodidad del momento y a la cuarta canción corrimos por las billeteras para soltarles algunas monedas para que nos dejaran en paz. Un gringo con insolación al que todos le habían logrado vender algo al doble del precio volteó hacia nosotros y se burló, señal que nos indicó que había sido suficiente playa por el día. Con los bolsillos llenos, pero de arena y nuestras cabezas llenas de pensamientos estúpidos y también de arena nos fuimos como vinimos. Propusieron repetirlo el viernes y no me opuse a pesar de extrañar el invierno, las clases, dormir abrigada, la playa nublada y los brazos bicolor.

3 comentarios:

*Luna* dijo...

playas limeñas... tan encantadoras
-.-

Raúl Domínguez dijo...

Al contrarios de lo que piensas, gana ceviche con pelos y las esquisiteses que lo rodean. Lindo y extraño litoral limeño

Juan dijo...

El pesacado esta mas caro porque es temporada y porque estamos en Peru, pais de los "vivo"