albóndigas

miércoles, 20 de febrero de 2008

Las albóndigas de la cena, los gases que nos causaron y los baños compartidos no fue la mejor combinacion esa primera noche. Las cosas no mejoraron cuando nos quitaron todos los dulces que habíamos llevado y cuando descubrieron que habíamos manipulado la lista de habitaciones para dormir las 4 en el mismo cuarto y poner a las que no soportábamos en el pabellón donde también dormían las monjas a cargo. Tengo que reconocer que la mañana mejoró un poco cuando un temblor sacó de las camas a gato y ratón y nos dio motivo de burla al ver los peinados con que nos depertamos. La mañana transcurrió aburrida, pero eso era de esperarse. Lo que no era de esperarse, y que no exactamente me alegró el día, fue el tour que nos dieron. Sor Maritza con un gran sombrero de copa sobre la cofia cual maestro de ceremonias de circo de fenómenos nos presentaba con aterrorizante ánimo uno a uno a los niños que se alojaban en la casa. "Y aquí teneeemos a Dieguiiito. Dieguito sufre de polio y fue abandonado por sus padres al naceeeer. Aplausos para Dieguitoooo". Así, uno a uno, nos habló de ellos como si no pudieran escuchar y ellos se comportaron como si no pudieran oir, como si no quisieran hacerlo. En realidad, exagero. Las cosas no fueron exactamente así: Sor Maritza no tenía sombrero de copa. De cualquier manera, la tarde transcurrió lentamente mientras trataba de sacarme la imágen de la monja con sombrero de mi cabeza. Las seis. Ya estaba oscureciendo y nos guiaron a la puerta. Busqué con la mirada algún bus, pero no había. Caminaríamos. Se escucharon varias aluciones al abuso que hacernos caminar constituía tomando en cuenta lo que habíamos pagado, quejas que ya son una costumbre si de niñas bien de colegio de monjas se trata. Les seguí la corriente con cara de indignación; secretamente, celebré la caminata. Mientras algunas conversaban sobre lo conmovedor que había sido el tour (literalemente, un "turn point" en sus vidas) y yo pensaba que prefería la ignorancia a la impotencia, ya habíamos llegado. Era una capilla antigua sin ningún atractivo especial. Al menos eso pensamos hasta que comenzó la misa, porque cuando el padre salió todas prestamos repentina atención. Pensé que eso sólo pasaba en las novelas, pero creo que en la vida real también hay padres con los que te gustaría pecar. Al finalizar, 20 chicas hacían cola para confesarse con él. En el aire se respiraba algo que, definitivamente, no era arrepentimiento y las cuatro esperamos sentadas en la vereda de afuera a que terminaran con la farsa a la que no nos unimos no por falta de ganas, sino por cuidar nuestras reputaciones. A las diez nos mandaron a los dormitorios y como habíamos planeado, esperamos hasta las 12. El punto de encuentro era el cuarto de Alicia. La idea era simple: nos embutiríamos los dulces que habíamos recuperado. Sin embargo, el plan se vió ligeramente modificado al descubrir esa cajetilla dentro del sobre que cierto amigo considerado me había mandado. Fue así que nos fumamos la noche intercambiando experiencias amorosas y ahogando risas demasiado seguido. La mañana siguiente era la última y para mejorar nuestra condición de sombis empezamos con una misa a la que llegamos tarde por lo que nos obligaron a sentar adelante. Con este padre ni se nos hubiera ocurrido pecar y eso hizo que todo el proceso fuera aun más tedioso. Dos horas después, habíamos regresado al colegio con la barriga vacía por habernos saltado el almuerzo para tomar una siesta y yo, con dolor de cabeza por el golpe que me di con el mueble de madera donde uno se apoya para rezar mientras dormitaba. El auto me esperaba afuera para, por fin, ir a casa y dormir en una cama decente y comer comida decente. Mi cosas estaban en la maletera cuando me di cuenta que nadie había venido por Diana. Mis cosas, en la maletera y ella, sentada en la puerta con sus cosas, evitando las miradas de los otros padres de familia que debían estar pensando barbaridades de los suyos. Yo sabía que esas barbaridades eran reales, por lo que la llevamos a su casa. Ese fue uno de los viajes en auto más incómodos que he tenido; imagino que para ella lo fue más. Al llegar a la cuadra de la cual su casa abarcaba más de la mitad, se despidió con una sonrisa y dijo "seguro mis viejos están llegando recién al colegio". Recordé la carta del amigo que me había enviado los cigarros. Lo dudo, pensé.

6 comentarios:

mArXelLa dijo...

en medio del relato, has dicho algo maravilloso "prefiero la ignorancia a la impotencia" wow me parece una gran frase.
Saludos

Juan dijo...

mmmmm a mi aun me quedan dudas, la curiosidad siempre puede mas.

*Luna* dijo...

"yo pensaba que prefería la ignorancia a la impotencia"
pienso exactmente lo mismo, es una frase potente
una idea que io misma pongo en practica
por mas doloroso que sea

Mauricio dijo...

hola

Raúl Domínguez dijo...

Buen relato, a veces esos tours religiosos no logras entenderlos. Yo nunca los entendi. Debido a la interrogante de la rutina, preferi, igual que tu, ir a la habiatacion con un grupo de amigos y furmarnos la noche.

Elizabeth dijo...

hola:
me parece muy interesante y bonito blog tus temas me llamaron mucho la atencion escribo para ver si luego puedes derle un vistazo al mio y darme consejos o comentarios y poder llegar a ser un link soy de toluk edo de mex saludos!!!

escribe pronto y felicidades!!