esquina baja

jueves, 7 de febrero de 2008

Por esa época en la que andaba sola en el instituto, uno de esos de idiomas que hace muchos años estaban de moda, yo tenía unos 14. Estar ahí, fue uno de mis primeros pasos a la independencia. No conocía a nadie, regresaba sola a casa por las noches y me divertía haciéndolo. No habían uniformes ni movilidades conducidas por la señora Carlota. Me gustaba el hecho de que nadie supiera nada de mí, podía comenzar desde cero y hacer lo que quisiera. A diferencia del colegio, en el que había estado toda mi vida y dónde todos la conocían, este lugar era nuevo para mí; yo, nueva para él. La campana. Caminaba un par de cuadras para alejarme del tumulto y esperar más tranquila en esa esquina que nadie apreciaba. Todos los días sola a las 7:30 en esa esquina. De vez en cuando había uno o dos visitantes, pero era mi esquina. Cierto día, hubieron dos visitantes, dos chicos a los cuales ignoré. Paré el bus y subí. Pasé el camino mirando por la ventana sin prestar atención a nada, pensando en nada. Me paré, tambaleé por un segundo y usé el lenguaje simplificado de los micros "esquina baja". Bajé y me sentí rara, observada, eran los dos de la esquina, estaban en el bus, me miraban.
Día, tarde, noche, campana, camimar dos cuadras, esquina, esperar sola. Esperar sola? Dos sombras paradas en mi esquina arruinaban mi segura rutina. Eran sombras familiares, eran los dos. Sentía sus miradas en la nuca. Los ignoré, no quise comenzar a fantasear. Por qué dos chicos, mayores que yo, considerablemente apuestos se fijarían en mí, EN Mí! Decidí distraer mi mente pensando en chanchos que vuelan o en los que no, qué más da, de cualquier forma, hacerlo fue difícil durante la siguientes semanas. La escena con los dos extraños se repitió cada día sin excepción. El primer día de la última semana del ciclo, día, tarde, noche, campana, caminar dos cuadras, esquina, un sólo extraño, uno de ellos, el que llamó mi atención desde el principio. El silencio incómodo golpeaba mis frente. Asumo que le sucedía lo mismo. (Que me hable, que me hable). Hola. Hola, respondí. Tú siempre esperas acá no? Sí, tú también? (porque no me había dado cuenta ¬¬'). Un par de días después, ya no era una extraño más. Sabía que estaba en la universidad, que tenía una banda, que tocaba guitarra, que estaba sólo, que le gustaba Nirvana, que me gustaba y que le gustaba (eso no me lo dijo).
Aun tenia el uniforme puesto cuando el teléfono sonó. Antes de contestar ya sabía que era él. Llamaba todos los días a esa hora.
"Tengo que decirte algo, te lo diría frente a frente, pero nunca te dejan salir..."
Hice un silencio profundo demasiado largo, involuntariamente largo. Ambos supimos las respuesta, pero ninguno la comprendió.

2 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Hola...
estoy de pasadita por la web y me encuentro tu blog. Percibo una prosa interesante y bien lograda. Espero leerte y nos estemos checando por aquí.

Saludos :D

Juan dijo...

y...¿cual era esa respuesta? disculpa si no me di cuenta.